Yojo
Poblado Frente al Mar LII
Poblado Frente al Mar LII
Odio volar. Llegué al aeropuerto de esta bahía y, aquí, caí en la cuenta de que el aroma del Pacífico me era completamente diferente, un poco más dulce, más suave, más calmo y menos violento. Fue extraño para mí no llegar a una marina o a una rada después de viajar. Mi destino no era este lugar, sino que se encontraba aún a media hora de distancia, por una carretera que sigue paralela la línea del mar casi en su totalidad. Pensaba en estas cosas mientras bajaba las escaleras del avión y caminaba sobre el caliente concreto armado, siguiendo la fila de los turistas, quienes entraban al aeropuerto. Pasé a recolectar mi mochila ya que, pese a ser pequeña, la debía registrar por llevar dentro de ella tres cuchillos… odio volar. Entré al baño y colgué a mi mejor amigo, a mi único amigo, a mi costado, y salí.
Tomé el primer taxi que encontré afuera del vetusto y pequeño aeropuerto. Esta pequeña ciudad no me era completamente desconocida, ya había escuchado de su existencia; después de todo, está en mi patria, sin embargo, mi percepción de este lado del país era mala. Mi tierra, como quizá ya lo dije, es una nación cuya historia, en cualquier tiempo, ha estado plagada de corrupción, matanzas, bandidos y belleza. Ahora veía este aeropuerto y me reafirmaba el concepto. Este lugar, probablemente recibe uno o dos vuelos por día y, afuera de la edificación, hay unas cuantas palmas rubelinas amarillentas y quemadas, ralo césped y tierra comprimida.
‘Joven, adónde va, yo lo llevo,’ invitó un taxista bajo, sonriente y gordo con tupido bigote; su mirar era amable. ‘Señor, tengo hambre, lléveme por favor a un lugar delicioso, vulgar y sucio, de esos lugares donde usted tomaría su lunch, pero al mismo tiempo donde pueda pedir para llevar y comer cómodamente mientras me lleva usted a mi destino.’ ‘Tengo el lugar perfecto, joven, suba aquí.’
Me llevó a un lugar que resultó ser frecuentado por pugilistas famosos, célebres surfistas, actores, artistas y demás personalidades que tapizaban el lugar con sus fotos en blanco y negro, visitado siempre por lugareños, pero nunca por turistas. El taxista ordenó por los dos y yo le invité la comida de ese día, que, por cierto, fueron burritos rellenos de éxtasis y edén.
‘Necesito un lugar barato para quedarme durante tiempo indefinido,’ le explicaba cuando tomamos la carretera, ‘quiero aprender a surfear.’ ‘Ah, joven, pues yo no le sé mucho a eso, pero si ese es su objetivo, lo mejor es estar pegado al mar, así que no le recomendaría ningún hotel u hostal.’ ‘¿Entonces qué?,’ pregunté con la boca llena de comida. ‘Pues quédese al aire libre, pegado al mar, sobre la arena; no se preocupe, justo frente al mar hay un lugar donde se quedará, pero primero debemos pasar por una hamaca y una malla para los mosquitos.’ ‘Bueno, confiaré en usted.’
Me llevó a otro lugar donde vendían hamacas hechas a mano, unas pequeñas, otras grandes, unas de hilo delgado y otras de grueso, unas con forma de capullo y otras extendidas como un tapete; en el mismo lugar compré, además de la hamaca grande, la tela mosquitero y una colcha artesanal muy colorida que, al ver lo intrincado del diseño y saber que era hecha a mano, me sorprendió en sobremanera lo poco que pagué: sentí que robaba.
Llegamos al lugar recomendado después de andar sobre una sinuosa carretera que atravesaba la selva, sobre la que los camiones de pasajeros transitaban a altísimas velocidades franqueando a los demás autos; pensé que no sobreviviría. ‘Oiga, estos buses acabarán por matar a alguien,’ dije con asombro al chofer. ‘Ah, joven, pues en esta carretera hay muertos diario, se dan frente con frente, pero le aseguro que nunca son los buses: ellos tienen bien medido y practicado este camino.’ ‘Ya veo, manifesté con aprensión.’
Entramos al poblado, donde todas las calles son de tierra compacta y las construcciones son, si bien no viejas, sí roídas por el agua del mar. El pueblo es atravesado por un pequeño riachuelo cuya desembocadura divide la bahía en dos zonas: una donde las olas son bajas, y la otra donde las olas alcanzan cuatro metros de altura. Esta minúscula población parece más una aldea pesquera, sin servicios básicos, donde el hombre blanco aún no ha llegado, o al menos así me pareció después de haber recorrido, en mi viaje por mar, los lugares más bellos creados por el humano. Incluso, tengo que decir que el mar, en cuanto le vi, me pareció gris, triste, y bañaba arena informe y oscura, como las arenas con las que el mar converge cerca de los transitados puertos comerciales o donde hay refinerías: arenillas manchadas por el humo y demás desperdicios producidos habitualmente por plantas productoras. Tras un apresurado vistazo cualquiera sospecharía que una Serbia destruida por la guerra fue inundada por el mar negro. Claro, como después descubriría, este lugar era más colorido que cualquier otro que yo hubiese visto antes.

